
Por Ernesto Palma F.
Vivimos tiempos difíciles. La realidad se torna complicada. Lo que parecía sólido, cede ante la presión de lo efímero. El futuro nos alcanza en miles de expresiones que devoran vertiginosamente lo establecido. Para afrontar los desafíos que nos aguardan, necesitamos fortalecer nuestro carácter y saber contener la influencia de quienes ya perdieron la esperanza y se sumergen en una ola de deshumanización y dureza. Se dice que es en la tempestad, donde se descubre la madera de la que está hecho un barco. De un modo similar, se pone a prueba el carácter de una persona o sociedad, en una situación caótica.
Una valiosa lectura que motiva profundas reflexiones en estos momentos, es el Ensayo sobre la ceguera del escritor portugués José Saramago. En este clásico de la literatura universal, Saramago imaginó una inexplicable epidemia de invidencia. En lugar de quedar sumidos en la oscuridad, los afectados perciben que el mundo se oculta tras un mar albo. Algo así como «una blancura resplandeciente, como el sol dentro de la niebla».
A los primeros que se infectan, se les encierra en un manicomio vacío para guardar cuarentena. Abandonados a su suerte por las autoridades civiles y militares, permanecen aislados del resto de la población. Y es en ese cruel lugar, donde Saramago nos desvela tanto lo miserable, como lo digno del ser humano.
En aquel recinto infernal, sólo una mujer conserva la vista. Testigo ocular de violencias y mezquindades, no revela a nadie su clarividencia a excepción de su marido, a quien susurra: «Si pudieras ver tú lo que yo estoy obligada a ver, querrías ser ciego».
Es una crítica ante el abuso de poder y la corrupción de las autoridades, mostrando cómo en una crisis, la desigualdad se amplifica y las estructuras de poder se vuelven aún más opresivas. Saramago nos incita a cuestionar y resistir los sistemas de autoridad cuando están en conflicto con los valores humanos fundamentales. Nos anima a reflexionar sobre la condición humana, revelando las sombras de nuestra sociedad y planteando preguntas sobre la moralidad, la compasión y la solidaridad en un mundo cada vez más deshumanizado.
En una situación de hambre, de hedor nauseabundo, gobierna el brutal imperio de la fuerza y el más inhumano de los egoísmos. Como dice un personaje, «siempre hubo quien se llenó la barriga con la falta de vergüenza». El Ensayo sobre la ceguera desgarra el alma porque descubre sin reservas las atrocidades del ser humano. Retrata un mundo despiadado, que se asemeja a un infierno dantesco, donde cada cual debe luchar a brazo partido por la supervivencia.
Sin embargo, valerosas voces se alzan contra la indignidad y la barbarie: «Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales».
La esperanza en este mundo desalmado se refleja en las palabras de uno de los ciegos: «Si alguna vez vuelvo a tener ojos, miraré verdaderamente a los ojos de los demás, como si estuviera viéndoles el alma». Saramago cuestiona nuestra forma de vida. ¿Podríamos estar simbólicamente invidentes a pesar de ver funcionalmente? Miramos, pero no vemos. Estamos ciegos si no percibimos de los demás, salvo lo que nos beneficia, si no los atendemos más que para utilizarlos.
A pesar de su pesimismo, Saramago nos ofrece un horizonte de esperanza: «Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara». La mujer que conserva la vista salva con su admirable bondad a un pequeño grupo. Puede ver un mundo decadente y repara.
La pérdida de la vista en la novela se interpreta como una metáfora de la ceguera moral y existencial de la sociedad moderna, que nos invita a reflexionar sobre la importancia de ser conscientes y de reconocer la fragilidad de nuestra humanidad, y nos anima a buscar la autorreflexión, la autenticidad y la sensibilidad.
Esta obra puede interpretarse como una provocación, para entender cómo una sociedad aparentemente estructurada y organizada, puede colapsar rápidamente cuando se enfrenta a una crisis como la pandemia o a un caos derivado de la ingobernabilidad, la violencia institucional, la manipulación y el engaño. Este y no otro, es el momento de reflexionar sobre nuestras fragilidades y sobre cómo nuestra civilización está más cerca de la barbarie de lo que creemos.
La ausencia de autoridad en desastres como el ocasionado por el huracán Otis, cuestiona la moralidad y el comportamiento humano, cuando las normas sociales se desmoronan, al mostrar cómo -en situaciones extremas- la humanidad puede perder su esencia y cómo los individuos se enfrentan al egoísmo, la brutalidad y la supervivencia a cualquier precio.
A pesar de la oscuridad y la crueldad que se presentan en una tragedia, también sorprende la posibilidad de que algunas personas se ayuden mutuamente. En medio de la adversidad y el caos, siempre surgen excepcionales seres humanos que tienen el carácter y la capacidad de encontrar compasión y cuidado. La solidaridad es parte de esa naturaleza, que explica el lugar que alcanzan algunas personas, en la cima de la evolución humana.
Actuar con carácter para defender lo que consideramos ganado, es un acto de inteligencia, frente a la devastación que acompaña a la parálisis del miedo colectivo. No significa rebeldía frente a lo establecido, sino negarse a ser condenado a vivir en la neblinosa realidad de la ignorancia, la miseria y la injusticia. No rendirse ante el caos, es la última inmolación por un presente y un futuro, sin hambre y sin cadenas.
