
Por Ernesto Palma Frías
Para entender qué es y cómo se expande la mediocridad, basta leer las primeras planas de cualquier diario, en cualquier momento, en cualquier sección. ¿Quién no ha tenido alguna vez la sospecha de que los mediocres gobiernan el mundo? Trump, Bolsonaro, Kim Jong-un, Berlusconi, Maduro, Ortega, Lula da Silva… Bienvenido al imperio de los mediocres.
Estudiar la mediocridad es una tarea que han asumido gustosamente filósofos como Alain Deneault (“Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder”) quien afirma en sus ensayos, que no hay ámbito libre de mediocridad: académico, político, jurídico, económico, mediático o cultural. Cualquiera de ellos tiene a un mediocre al frente. Al igual que aquello propuesto por Platón del gobierno de los mejores, la aristocracia, pero al revés. La mediocridad reina tanto en lo público, como en lo privado.
En su obra clásica «El hombre mediocre«, José Ingenieros critica fuertemente la mediocridad en la sociedad y advierte sobre el peligro de conformarse con una existencia sin aspiraciones, ni logros significativos. Sostiene que la mediocridad es el resultado de una falta de pasión, deseo de superación y la tendencia a conformarse con lo mínimo necesario para sobrevivir.
Ingenieros enfatiza que el hombre mediocre no busca la excelencia, sino que se conforma con la mediocridad y teme el esfuerzo y la responsabilidad que conlleva la búsqueda del éxito. Censura el conformismo y la falta de ambición intelectual y moral, argumentando que estos valores están guiados por el miedo al fracaso y la percepción de que es más fácil vivir sin arriesgar, ni esforzarse. Según Ingenieros, el hombre mediocre no busca desarrollar su potencial ni cultivar sus talentos. Se limita a seguir las normas establecidas, sin cuestionarlas ni desafiarlas.
El mediocre según el momento, acata las normas imperantes, sin cuestionarlas, con el único propósito de mantener su posición, o bien las sortea de manera taimada, sin que trascienda que no es capaz de respetarlas. Sólo estas dos actitudes se enfilan hacia la esfera de poder. El escritor Somerset Maugham decía que «solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento». No actúa y por tanto, no se equivoca. No contradice y por tanto, no se enfrenta a nada ni a nadie. No enjuicia y por tanto, obedece. Se trata de no destacar si queremos llegar a ser alguien.
La mediocridad, transmutada en conformismo impide impulsar el progreso social, ya que reduce la iniciativa y la creatividad de los individuos y constituye un obstáculo para el desarrollo personal y social.
Basta con mirar a nuestro alrededor, para descubrir cómo la mediocridad ha alcanzado a nuestros compañeros, vecinos, familiares, amigos, jefes y un sinfín de personas que realizan sus actividades cotidianas, desprovistos de energía, imaginación, enjundia o pasión. Lo que se traduce en entornos laborales, educativos, culturales y de servicios, carentes de calidad, deficientes, fallidos y lamentables. Es cierto que la crítica situación económica que nos agobia, no deja lugar para el entusiasmo y el optimismo en nuestras vidas, pero tampoco debemos permitir que lo circunstancial, modifique la manera en la que afrontamos nuestras responsabilidades con los demás y con nosotros mismos.
Combatir la mediocridad en diferentes ámbitos de nuestra vida puede ser un desafío, pero es posible implementar una serie de estrategias para superarla, como establecer metas tanto a corto, como a largo plazo y trabajar constantemente para alcanzarlas. La mediocridad a menudo surge de la falta de habilidades o conocimientos en un área específica, por lo que se debe buscar oportunidades de aprendizaje, ya sea mediante la formación académica, la lectura de libros, el seguimiento de cursos en línea u otras fuentes de educación. La mediocridad se nutre de la ignorancia.
Para contrarrestar la mediocridad es necesario que la sociedad a través de sus instituciones culturales y educativas, abogue por el cultivo del talento, la ambición, la valentía y la búsqueda constante de la excelencia como formas de alcanzar una vida plena y significativa.
Al combatir la mediocridad, podemos desafiarnos a nosotros mismos y buscar la excelencia en todo lo que hacemos, lo cual nos permite crecer y desarrollarnos personal y profesionalmente.
