
Por Catalina Martínez Duarte
Los olores se mezclaban lili, lirios o azucenas con esas notas fuertes y dulces que salían de los ramilletes colocados por las calles y por miles en el templo principal, chocaban con el amaderado del aserrín del ocote con el que crearon los llamativos tapetes.
La música estruendosa del mariachi y de la banda se oían por doquier; la explosión de formas y colores que saltaban a la vista fue parte de lo que se vivió en honor del Señor del Colateral, presente el fervor, agradecimiento de una tradición religiosa y pagana, que ha tejido muchas historias de herencia y familia.
Fue el jueves pasado entre sol y brizna, que, en Acaxochitlán se cumplió una de sus mayores festividades que datan de hace más de 170 años; la familia Reyes Ramírez es partícipe desde por lo lo menos 60 años atrás, la nueva generación, tres hermanos recuerdan a su abuelo y mucho más a su padre Octavio, que al morir hace cinco años les dejó el legado de ser parte de la creación de obras de arte efímeras.
Este año le tocó a Felipe Octavio quien se hizo cargo de los gastos, el diseño de unos majestuosos pavorreales, de tres meses de preparación del aserrín para que agarrara el color y de hacer el gasto de más de cinco mil pesos.
“Antes no eran así los tapetes se hacían de ocoxal que son las hojas o agujas que cuelgan de las ramas del ocote o pino, también se usaban pétalos de rosas de castilla y las grandes”; eso pasaba cuando había tierra en las calles y no pavimento dice doña Beatriz Reyes Vargas, quien como todos empezó la faena desde las ocho de la mañana y a eso de las tres está sentada sobre botes de plástico, tras una camioneta que la puerta de la batea les servía de mesa, compartía con su nietos, hijos y consuegra los alimentos.
A un lado otra parte de su familia se afanaba en dar los toques al rostro de señor del Colateral, delineado con la viruta; más allá frente a un templo improvisado y bellamente adornado, se escuchaba música en vivo, tamborazos, trompetas y clarines, en el canto “Señor del Colateral ilumina nuestro camino, hasta tu altar de venimos a venerar” una improvisación de la banda El Chicano de Puebla, bien ejecutada.
Unas calles más arriba la familia González Vargas regresó al origen, cientos de pétalos de rosas, blanca, rojas formaban la alfombrilla sin importar el gasto monetario que hicieron, dijeron todo es por la fe; lo mismo que hicieron los locatarios, arrendadores y vendedores ambulantes quienes en un diseño ocuparon esa flor y el ocoxal.
Cual si fuera un lienzo de Picasso con su Cubismo, en otro tapete más detallaron figuras jóvenes creativos; los bodegones, frutas, floreros y unos más simulando los bordados característicos de esa zona otomí-tepehua.
La alfombra de la entrada al templo principal lucía un gran letrero de agradecimiento de la familia Cacahuatitla Muñoz Salinas que desde Estados Unidos lo mandaron a hacer, por ahí viendo esa obra de arte se paseó con mucho garbo Doña Nachita conocida como la reina de los trajes, quien ayudándose de su bastón, luciendo una de las vestimentas típicas acaxochitecas y su pelo adornado con grandes flores rojas se llevaba las miradas.
Mientras al interior del templo repleto de flores, con adornos complementarios hechos de manzanas y naranjas, los mariachis le cantaban al Señor del Colateral “es imposible al conocerte, no amarte y seguirte”, afuera otra banda deleitaba a los paseantes, curiosamente sin interferir los fuertes sonidos de las dos agrupaciones musicales.
También resaltaban los grandes castillos de fuegos pirotécnicos, en la entrada a los barrios y uno gigantesco en el atrio.
Llamaron la atención los llamados “ojos de Dios”, artesanía realizada con estambres de colores que significan la divina providencia; grandes telas colgando y medallones de flores, en una fiesta multicolor, orgullo de un Pueblo con Sabor que está en busca de la denominación de Pueblo Mágico.
