
Por Catalina Martínez Duarte
Su cuerpo se ha encorvado a casi la mitad, por ser el torno que moldea sus creaciones en barro desde hace 70 años, guardiana de los saberes ancestrales en su memoria y manos; además de que su habla es en otomí, una de las dos personas que se comunican en esa lengua materna en San Pedro Tlachichilco, municipio de Acaxochitlán.
Una sorprendente mujer, Doña Lupita, María Guadalupe Tezoquipa, Tlacomulco, que habita en esas tierras de Hidalgo, camino a San Mateo, en una casa sencilla, muy limpia, a la que nos invitó a pasar advirtiendo que se avecinaba una tromba, que su oído entrenado entre la naturaleza se lo decía, mientras el aire emitía un sonido como de tambores furiosos y de pronto la intensa lluvia.
Con una voz suave que de momentos no se podía escuchar ante los truenos y sonido de la caída de un fuerte rayo: “yo he nacido aquí, tengo 83 años, mi mamá Teresa Tlacomulco y mi papa Pánfilo Tezoquipa, ya murieron, mi papá no lo conocí, tuve tres hermanos solo quedo yo, soy la más chiquita”.
“Yo vi cómo mi mamá hacía la olla, no me enseño mismo, me dio mi corazón para pensar a hacerlo, desde chiquilla, me acuerdo tenía como ocho años, yo me lo vi para jugar y así hago olla como mi mamá, mi abuelita”.
La alfarera hace todo el proceso, desde ir a traer la tierra-barro de un predio cercano a su casa, la acarrea y la pone a secar, luego se moja de a poco el polvo hasta alcanzar que se haga una masa, la mezcla con arena que trae de un río lejano. “lo tengo que cargar en mi espalda porque no tengo con qué, más de cinco kilos porque pesa, por eso estoy enferma de la cintura, mi columna se dobló”, menciona, mientras acaricia sus dedos de unas manos curtidas por el arduo trabajo.
Durante esa labor esta hincada en el piso, prosigue con poner una cueva bocabajo, encima una tabla, coloca la arcilla, amasa, agachada todo el tiempo con sus manos a la altura de las rodillas, entonces empieza la magia, sus manos van moldeando, pero es ella quien se mueve alrededor de la pieza: “lo de adentro cuesta mucho trabajo alisarlo le voy dando con una cuchara, también afuera”, nada es con molde, en algunos se lleva días en concluirlos: “una semana una docena”.
“Yo hago olla, jarrito”, dice Doña Lupita, quien recientemente rescató una figura a manera de garra con forma de pato, que de acuerdo investigadores de cultura, historia, tradiciones acaxochitecas se llama “Patojo”, se lo mostraron en foto y ella sin más lo reprodujo.
También tiene su propia forma de decorado, flores líneas, curvas que hace aplicando pintura hecha con chapopote; igual se encarga de conseguir la leña, prender, saber la temperatura y tiempo que tarda en cocerse la alfarería en su horno de ladrillo.
La poca valoración de la artesana en todo el sentido de la palabra, quien conserva el método tradicional milenario otomí, la llevó a dejar plazas: “ante iba a vender Acaxochi, ante y por Honey, ahora me llevo a la plaza de Santa María, San Pedro ya no se vende, a veces en un día solo dos me compran, el patito estoy pidiendo 200 no me quieren pagar, me dicen 120 o 100 peso y cuesta trabajo hacerlo, otros jarritos, cazuelitas de 25 no quieren dar, me dicen 15 pesos, uno me dice 10 peso, no señora si no es dulce para que te lo de 10 peso, es mucho trabajo”.
“Hace muchos años hubo guerra en el pueblo, se acabó el maíz, todo, no había que comer, mi mamá iba hasta Huauchinango, caminando una semana, allá cambiaba su ollita para traer el maíz”, de momento recuerda con tristeza.
De su lengua otomí se siente orgullosa: “mis hijos entienden, varios del pueblo, pero ya no lo quieren hablar porque les da pena, a mí no me en encuentro por ahí la gente y les digo eshcate (sic) eso es buena tarde, o buen día, como estas; sólo de chiquito naciendo se aprende, ahora solo somos dos, otra persona que hace cobijas nos hablamos en otomí”.
Ahí está Doña Lupita, viendo desde la puerta que su masa de barro que tenía poco que la había dado el toque final se ha mojado, con sus 83 años, su figura encorvada, rodeada de árboles frutales y parcelas; mujer fortaleza y sabiduría, con su piel como surcos de tierra que guarda la historia de un pueblo que se extingue de su verdadera identidad, prueba viviente de la gran cultura que tiene, Acaxochitlán, Hidalgo, el mismo país.
